QUEVEDOS, LA MIRADA HUMORÍSTICA

A Hervi, Premio Quevedos.

“Érase un hombre a una nariz pegado” es una caricatura verbal clásica, inolvidable, certera e implacable. Primer verso de un soneto burlesco de Francisco de Quevedo (1580-1645) –el Doctor Chacota-, quien brilló en el Siglo de Oro y representa la cumbre más alta de la picaresca española. Quevedo no trepidaba en burlarse de los defectos ajenos en sus obras satíricas. Y él no tenía pocos: se dice que era contrahecho, cojo, con sus pies deformes y –a pesar de su apellido- con una miopía que le obligaba a usar anteojos. Hoy día llamamos bullying a lo que tuvo que soportar de niño, víctima de otros niños que se burlaban de este chico diferente. Armado como pocos de la palabra justa, compuso sátiras crueles con las que también se rió de los defectos físicos de algunas de sus víctimas. Y no faltaba quien le respondiera: el poeta Luis de Góngora –su archienemigo- lo llama en un verso, por su afición al trago, “Francisco de Quebebo”. También se le calificó, como si fueran grados académicos, como Doctor en Desvergüenzas, Bachiller de Suciedades y Licenciado en Bufonería. No todos lo querían.

La irreverencia de Quevedo lo llevó a practicar el humor de todos colores. Integrante de la napolitana Academia de los Ociosos, fue considerado un “Proto-Diablo”, sufrió prisiones y destierros y, por supuesto, las penas del infierno que decidía la inquisición.

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En nuestra Prehistorieta de Chile consideramos a Quevedo autor de la primera sátira escrita –en 1636- sobre nuestro territorio. El motivo es la creencia de que los nativos del Nuevo Mundo eran fácilmente engañables y podían entregar oro a cambio de chucherías. Quevedo, riéndose de un encuentro de holandeses con chilenos, recrea -en La hora de todos y la Fortuna con seso– un chispeante diálogo en torno al significado de un anteojo de larga vista, que era parte de los juguetes y curiosidades usados por los europeos para engatusar a los indígenas. En el texto, el escritor les asigna un discurso, en un gesto de solidaridad coherente con su protestantismo -y rechazo de la leyenda negra sobre España- que se oponía al abuso europeo, en el cual la voz de los nativos rechazan el regalo; para ellos, según Quevedo, el telescopio es un instrumento revoltoso, que “averigua mentiras en la luna”. Es “un chisme de vidrio” y, así, despiden a los europeos de estas tierras –sean españoles u holandeses- con palabras llenas de ironía:

Salid con término de dos horas deste puerto, y si habéis menester algo, decidlo, y si nos queréis granjear, pues sois invencioneros, inventad instrumentos que nos aparte muy lejos lo que tenemos cerca y delante de los ojos, que os damos palabras que con éste, que trae a los ojos lo que está lejos, no miraremos jamás a vuestra tierra ni a España. Y llevaos esta espía de vidrio, soplón del firmamento, que, pues con los ojos en vosotros vemos más de lo que quisiéramos no le habemos menester. Y agradézcale el sol que con él hallaste la mancha negra, que si no, por el color intentárades acuñarle y de planeta hacerle doblón”.

Quevedo, en el discurso que atribuye a los indígenas, expresa su visión crítica y burlesca de la conquista; connotando, en cambio, respeto por la dignidad y el ingenio de los nativos. Sus dardos están dirigidos, en general, contra la postura engañosa del conquistador europeo. El episodio quevediano, junto con ser parte de las primeras referencias occidentales sobre Chile, también dan luces sobre las discrepancias que enjuiciaban la legitimidad de la conquista mediante las denuncias –en este caso satírica– de los abusos y crueldades que sufrieron los habitantes originarios del Nuevo Mundo[1].

Quevedos, anteojos y premio

El autor de la novela picaresca La vida del Buscón, estudió en la Universidad de Alcalá de Henares, cuya Fundación General ha organizado el actual Instituto Quevedo del Humor. A partir de la iniciativa de dicha institución, con el apoyo del gobierno de España, se instauró en 1998 el Premio Iberoamericano de Humor Gráfico Quevedos para distinguir, ojalá bienalmente, la trayectoria de los dibujantes-humoristas más destacados. Desde entonces la distinción la han recibido grandes dibujantes, entre otros, Mingote, Quino, Chumy Chúmez, Mordillo, Ziraldo, Forges y el chileno Hervi.

Sin embargo, el apellido del escritor no es la única razón del nombre del premio. Don Francisco de Quevedo, que ya dijimos que era miope, usaba unos anteojos que lo caracterizaron, al menos en sus retratos: lentes redonditos –habría competido con los de John Lennon- que tenían un puente nasal que permitía que se sujetaran en la nariz, sin las patas que generalmente se afirman en las orejas. A esos anteojos se les llama “quevedos”. Uniendo estas características -nos cuenta Juan García, director del Instituto-, “la estatuilla que se entrega a los ganadores del Premio Quevedos es original de Ricardo Martínez, el diseño, y de Paloma Puya la escultura. Se trata de Quevedo saltando sobre unos quevedos” como en el juego de niños. Para completar el premio de Hervi su estatuilla espera que pase la pandemia para que se realice el acto de entrega. En tanto, Quevedo seguirá jugando a saltar por sobre los quevedos.

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Quevedo de Vicar

Llamar “Quevedo” a un personaje ciego es un chiste en sí mismo: “qué veo, como dijo el ciego”, remita o no al humorista español o a sus anteojos. El antecedente, más el juego de palabras con la exclamación “¡qué veo!” alimentan el significado de “Quevedo”, el personaje de Víctor Arriagada (Vicar), uno de los más destacados dibujantes de historietas cómicas chileno. Vicar (1934-2010) colaboró en las principales revistas de humor gráfico, para diversos públicos: Barrabases, infantil, de humor deportivo; El Pingüino, picaresca; Topaze, de sátira política. En el año 2006 recibió el “Premio Von Pilsener – Centenario de la Historieta” -junto a Themo Lobos, Hervi y Palomo- otorgado por el estado chileno.

Entre los personajes que Vicar desarrolla principalmente en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, son memorables el Huaso Ramón, Mitigüeso (pronunciación chilena de la pistola Smith & Wesson, personaje que en el extranjero se llamará Bang Bang Sam) y Paquita, una carabinera. Son tiempos en que las tiras cómicas se sostenían con personajes unidimensionales, estereotipos cuyos chistes se basaban en su peculiaridad física (enano, lisiado, gordo…), rólica (secretaria, náufrago, carabinera, gerente…), étnica (negro, indígena, judío…) o sicológica (alharaco, tacaño, fresco, alcohólico…). Entre aquellos con discapacidad visual estaban el cegatón Ojetillo, de Fantasio, y Quevedo: el “cieguito” -así, en diminutivo- que se paraba en las esquinas de la revista El Pingüino pidiendo limosna con un tarrito. Quevedo no usa quevedos sino las gafas negras que evidencian al no vidente. A veces canta, no muy bien, o ejecuta un instrumento. Cuando le conviene puede agregar a su cartel de ciego el de “mudo”. Pedir una limosnita es su trabajo. Así se gana la vida. 

1965 -  PINGÜINO 422 - Vicar - Quevedo - 896

Si el huaso Ramón es el gran personaje campesino o del mundo rural de Vicar, “Quevedo” es su gran personaje urbano. Se mueve, con su bastón y el perro Napoleón (solamente “Napo” para su mejor amigo). Domina el espacio sin drama en una ciudad ciega, en el sentido de indolente, que crecientemente no ve al prójimo desvalido ni se escandaliza con la desigualdad vergonzante que vivimos. Frente al ciego pasa la gente indiferente, generosa, mal intencionada o distraída. En la cuadra también están los colegas menesterosos, músicos callejeros, vendedores ambulantes. Quevedo está en el centro de la jungla urbana.

En la paleta de colores del humor, en los chistes de Quevedo prima el gris al fundirse el humor negro, que se ríe de la desgracia, con el humor blanco ingenuo e inofensivo. Por supuesto también está el humor verde, picaresco, porque en El Pingüino no podía dejar pasar de largo a las chicas atractivas y, en más de una ocasión, Quevedo demuestra que es solamente ciego y que –fallándole la vista- tiene muy desarrollada la intuición y el sentido del tacto: será ciego, “pero no manco” aclara en una viñeta. Es un personaje simpático, querible, pícaro. Sus chistes son ingeniosos y bien dibujados. No inspira lástima ni es dramático. Tampoco tiene intenciones didácticas. Es, generalmente, tragicómico. ¿Los lectores se ríen de este ciego? Por supuesto: para eso es la tira cómica y el contexto en que está publicado. Más aún, no faltan las ocasiones en que comparte aventuras con Paquita o el huaso Ramón, sus hermanos de tinta. Quevedo cumple su función humorística.

Quevedo de hoy

A más de sesenta años de la creación del personaje –raspando la tercera edad- se publica “Selecciones de Quevedo. Un libro para compartir la inclusión”, editado por el dibujante Fernando Arriagada Ríos, hermano de Vicar que firma con el seudónimo Paul Lacreste. Con intención social, la obra se inscribe en una campaña de prevención de la ceguera. Motivación loable que recuerda los tiempos en que ser invidente era vergonzante. Paradójicamente a la persona que no ve la sociedad tampoco la ve. Por ello, junto a los chistes –a todo color- hay consejos e información de autoayuda para las familias que deben tratar con una persona ciega. Adicionalmente, las tiras cómicas están acompañadas de citas, pensamientos y textos breves serios y humorísticos intencionados para complementar las tiras de Vicar, chistes que, en buena hora, son absolutamente autónomos y autoexplicativos.

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Esta Selección de Quevedo (re)aparece en un momento socioculturalmente significativo: por una parte se ha cuestionado el humor, cuando este pudiera tener connotaciones de burla, referido a personas con capacidades diferentes, que ya no son consideradas dignas de lástima ni asociadas a la mendicidad ni al menosprecio. Vicar, afortunadamente, es afectuosamente cuidadoso al crear un personaje que es sanamente autoirónico. Sin embargo, actúa en un contexto sesentero, cuando recién se están vislumbrando los estudios críticos de la historieta que revelan las discriminaciones que pueden contener. En un par de páginas se entrecruzan chistes de Quevedo con sus colegas ciegos, sordos, mudos y lisiados sin piernas. Todos mendigos callejeros. Y ahí Quevedo incursiona en una zona cultural que hoy día hay que transitar con la delicadeza que exigen el respeto a la diversidad y las políticas contra toda discriminación que incluye a las personas discapacitadas: “La gente dice que no hay cojo bueno… pues yo conozco uno –le dice Quevedo a un lisiado, que además es “1/2 tonto”- que es caballo de bueno ¡pal luche!”. En cambio, la autoironía atribuida al personaje es genial cuando Quevedo se acerca a la sección de objetos perdidos y declara: “yo perdí la vista”. Quevedo ve mucho más de lo que aparenta. La picardía lo hace resiliente.

Quevedo solidario

El libro recuerda que en el año 2008 Chile firmó y promulgó la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. Pocas veces se relaciona explícitamente un libro de humor gráfico con una Convención que –como la mencionada- busca “promover, proteger y asegurar el goce pleno y en condiciones de igualdad de todos los derechos humanos y libertades fundamentales por todas las personas con discapacidad, y promover el respeto de su dignidad inherente”. Este marco propone una situación de lectura de los chistes que es novedosa y necesaria. Quevedo roza la política, sin llegar a la sátira contingente que Vicar ejercía en la revista Topaze. En uno de sus chistes, Quevedo escribe en la pared “Viva la huelga” terminando el rayado en el uniforme del carabinero que se lo lleva preso. En otra, frente a una tira en la que Quevedo es un manifestante muy minoritario, Paul Lacreste afirma en uno de los textos breves: “La manifestación política puede ser un zarpazo de tigre o un rugido de ratón… pero… Cegar a un adversario…? Es un Crimen!!”. Qué oportuno pensamiento absolutamente aplicable a un país que tuvo casi 400 manifestantes con mutilaciones oculares en el año 2019, según el informe anual del Instituto Nacional de Derechos Humanos.

C:\Users\monte\Pictures\Quevedo - Donde hay poca justicia es un peligro tener razón -.jpg

Es significativa la relación del humor con los derechos en términos amplios, lo que permite pasar de un caso individual a una situación colectiva. La ceguera ha sido un tema contingente a propósito de la revuelta o estallido social de octubre del 2019, cuando la represión policial dejó cientos de manifestantes heridos en los ojos con cegueras y traumas oculares. La ceguera en ese caso suscita más solidaridad que lástima. Deja de ser un drama invisible. En dibujos de redes sociales y murallas vimos a Condorito, Coné, Snoopy, Papelucho y otros hermanos de tinta de Quevedo, dibujados con sus ojos heridos en una apropiación popular de personajes originados en la industria editorial. Quevedo vuelve cuando “su” ceguera es un tema sensible y –aunque Vicar no haya tenido una intención política- contribuye a promover la empatía y resiliencia entre quienes viven la ceguera en una sociedad donde coexisten diversas miradas.

Jorge Montealegre I.

Red de Investigación y Estudios del Humor (RIEH).

La Reina, febrero de 2021.

  1. En: Prehistorita de Chile. Del arte rupestre al primer periódico de caricaturas. Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (DIBAM) / RIL Editores, Santiago de Chile, 2003, p. 33.